En un suspiro
Hemos perdido la cabeza, eso es sabido, sin embargo una vez más vuelvo a plasmarlo en el papel que me dirige en un camino de líneas prolijamente delgadas y apaisadas, como enseñándome que hay un final que hallar y miles de alternativas que podrían presentarse a lo largo. Como en cualquier obra de arte, algo invisible guía al artista, sea ya sobre un lienzo claro, o en aquel viejo escenario donde la magia se desprende de esas oscuras maderas, y el fin es determinado por el creador. ¿Pero, hay fin en los ojos del observador?, supongo que es algo personal, la sensación sigue creciendo dentro de uno, el recuerdo vive silencioso y agazapado. Desde mi punto claustrofóbico y sincero, entre los estrictos modos del diseño, y la tenacidad libre del arte, imagino algo en el medio, algo así como un eslabón perdido, quizá pueda empujar hasta allí a la fotografía, aunque eso sería demasiado cómodo de mi parte. Pobres impresionistas, oh Monet, si pudieses ver que ahora cualquiera es un experto con una digital. Mis manos como fuente fértil de creación de cualquier índole, desde el sonido seco y hueco de un flash, hasta el chasquido sinfónico de mi mouse bajo ese dedo esclavo a parpadear infinitamente, y cuando observo la obra, sigo pensando que soy mejor escribiendo, pero me falta lectura.
Increíblemente muchas veces no nos cansamos de observar una imagen, en mi caso particular me sucede una copia que tengo colgada en mi escritorio sobre mi Olivetti sin caries, Campbell's Soup, de Andy Warhol, creo que aquí tenemos un ejemplo más de reproducción en masa, no solo en cuanto a la lámina, sino dentro de esta, como pliegos sin barroco, lejos de las cantidades excesivas de ornamentos, siempre es cuestión de buscar y saber ver. Ahora se viene a mi mente como una bala de multifacéticos tonos, la imagen de aquel bello horizonte, que no es el mismo que el de Van Gohg, porque de tanta copia que le han hecho me lo han desfigurado, los colores quizá no pertenezcan a la obra, es como el espectro del original, pero igualmente aunque el aura este hospitalizado y en coma, por lo menos puedo saber lo que él vio en ese espacio, ¿se comprende?, quizá si Marx no nos hubiese enseñado “su mundo capitalista”, su perfecta visión para los seres humanos menos complejos, jamás lo habría podido contemplar, ni siquiera su sombra, y así miles de hombres que no pueden estar en el allí y ahora, aquellos que por no tener la oportunidad de pisotear un museo, o de comprar un original, tienen la dicha en poder disfrutar de aquellas locuaces obras al entrar a un almacén, o sobre la tele en el living de sus casas, encontrar en la réplica un pedazo de eco del corazón de la autentica.
En el diseño gráfico es improbable no omitir copiar y pegar, y luego enviar a imprimir tantas copias como queramos, hasta dejar con la lengua afuera a la impresora. Es la tecnología en cuanto a todo, cuando esta se interpone es difícil no aceptar lo fácil. Recrearse la vista con una obra teatral tiene un encanto sinuoso y adrenalítico, allí el arte está vivo, corazones que laten y muchas veces se despojan del disfraz, buscando al personaje en la persona.
En relación a la literatura, a quien escribe y quien es el lector, no me sostengo de las teorías, solo intento encontrar las mías, cuando leo, lo único que leo es poesía, documentos sobre Egipto o entrevistas a Sabina, y en verdad siento que quien escribió esas palabras me dejó su universo, su alma, allí percibo que el aura sigue intacto, puedo volar y despojarme de las valijas que acarreo desde pequeña, tengo las llaves en mis ojos verdes y no dudo en abrir puertas. El autor desaparece en el consciente, pero en el inconsciente agradezco eternamente a esas semillas de tinta que con el tiempo se volvieron bellos robles, a veces encuentro hojas caídas cuando sacudo mis libros, el arte trae arte, trae sensaciones, y lo más importante nos deja llenos, nos hace sentir cultos y nos atrapa, como el amor, es una explosión de expresiones que el alma necesita verter en donde sea y de miles de formas distintas.